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Por 5 min de lectura

Acaba de llegar un cachorro a casa: las primeras semanas, paso a paso

Cachorro de labrador retriever chocolate sentado, mirando a cámara

Llega a casa, lo dejas en el suelo y durante media hora todo es perfecto. Luego empieza: muerde las manos, no para quieto, se hace pis donde acabas de fregar y por la noche llora. A la semana estás durmiendo mal, discutiendo sobre si dejarlo llorar y preguntándote si has hecho bien.

Es normal, casi todo. Y lo que se hace estas primeras semanas es lo que no habrá que deshacer dentro de un año.

Lo que nadie te cuenta de la primera semana

Un cachorro de dos meses acaba de perder a su madre, a sus hermanos y el único sitio que conocía. Lo que ves esa primera semana no es su carácter: es un animal desorientado en un idioma que no entiende.

Por eso el objetivo de los primeros días no es enseñarle nada. Es que la casa deje de ser un sitio raro. Todo lo demás va después y va más rápido de lo que parece cuando esa parte está resuelta.

Los tres primeros días

  • Casa por zonas, no entera. Abrirle los cinco cuartos el primer día no es generosidad, es ruido. Una zona con su cama, su agua y sitio para moverse, y se va ampliando.
  • Que duerma cerca. La primera semana, en vuestra habitación. No lo malacostumbra: le ahorra descubrir la soledad absoluta el mismo día que descubre la casa. Después se va alejando la cama poco a poco.
  • No invitéis a nadie todavía. La familia entera queriendo cogerlo en brazos el primer fin de semana es la peor bienvenida posible. Ya habrá tiempo.
  • Dejadle explorar sin corregir todo. Retirad de su alcance lo que no queréis que muerda en vez de decirle que no cuarenta veces al día. Un cachorro que solo oye correcciones aprende a evitaros, no a comportarse.

Por qué muerde las manos y cómo se corta

El mordisco del cachorro no es agresividad ni dominancia: es cómo juegan entre hermanos y cómo exploran el mundo. Lo que le falta es saber cuánta fuerza puede usar con una piel humana, que es mucho más fina que la de otro perro.

Se enseña con una regla muy simple y muy aburrida de aplicar: cuando los dientes tocan piel, el juego se acaba. Te levantas, retiras las manos, dejas de ser divertido durante unos segundos y vuelves. Repetido cien veces, funciona. Repetido veinte, no.

Lo que no funciona: gritar, apretarle el hocico o darle un toque. Además de asustarle, le estás enseñando que las manos que se acercan pueden hacer daño, y eso se paga años después en el veterinario, en la peluquería y cada vez que alguien vaya a acariciarle la cabeza.

Llorar por la noche

Es la parte que más desgasta y sobre la que más consejos contradictorios vas a recibir. El más repetido —dejarlo llorar hasta que se canse— funciona en el sentido de que efectivamente deja de llorar. Lo que no dice nadie es lo que aprende mientras tanto: que cuando se queda solo, nadie viene.

Ese es exactamente el material con el que se construye una ansiedad por separación a los ocho meses, que ya no se arregla en una semana.

La alternativa es más lenta y menos heroica: que duerma cerca, ir alejando la cama progresivamente y trabajar aparte, de día y en ratos cortos, que quedarse solo es algo que pasa y se acaba.

La higiene, en el orden real

Un cachorro de dos meses no aguanta. No es que no quiera: físicamente no puede. Lo que se hace es adelantarse: sacarlo al despertarse, después de comer, después de cada rato de juego y cada pocas horas, y celebrar mucho cuando acierta fuera.

Castigar el pipí de dentro es la manera más rápida de complicarlo. No aprende a aguantar: aprende a hacerlo donde no le veas, detrás del sofá. Si te lo encuentras y no lo has visto hacer, limpia y calla.

La ventana que no vuelve a abrirse

Hasta las doce o dieciséis semanas, más o menos, un cachorro acepta lo nuevo con una facilidad que no volverá a tener. Todo lo que conozca bien en ese periodo —ruidos, suelos, gente con gorra, niños, otros perros, el coche, el ascensor— será normal el resto de su vida. Lo que no conozca, tendrá que aprenderlo después, con más trabajo y peores resultados.

Aquí está el error más caro de todos: esperar a la última vacuna para sacarlo a la calle. Para entonces la ventana está cerrándose. Hay formas seguras de exponerlo antes —en brazos, en entornos controlados, con perros adultos sanos y conocidos— y conviene planificarlas con vuestro veterinario, que es quien conoce el estado sanitario de vuestra zona.

Y socializar no es meterlo en un sitio lleno de perros desconocidos a ver qué pasa. Es que acumule experiencias variadas y buenas, a su ritmo, con la opción de retirarse siempre disponible. Un susto en esta etapa vale por veinte experiencias buenas.

Cuándo pedir ayuda

No hace falta esperar a tener un problema. La mayor parte de lo que tratamos en perros adultos empezó en estas semanas y nadie lo vio venir. Dicho eso, hay señales que no conviene dejar pasar:

  • Se queda paralizado o intenta huir ante cosas cotidianas: la calle, un ruido, una persona.
  • Gruñe o se pone rígido cuando alguien se acerca a su comida, a su cama o a un juguete.
  • El mordisco no baja de intensidad después de varias semanas trabajándolo.
  • En casa no os ponéis de acuerdo y cada uno le pide una cosa distinta. Es más determinante de lo que parece.

Educar a un cachorro no es enseñarle a sentarse. Es decidir, sin darse cuenta, qué clase de perro adulto va a ser.

Lo que se hace ahora no hay que deshacerlo después

La ventana de socialización se cierra a las 16 semanas y no vuelve a abrirse. El programa de cachorros son 6 sesiones a domicilio y 3 grupales, en vuestra casa y con vuestro perro.

Programa de educación de cachorros Hablar con el equipo

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